Una de las cosas que te marcan la calidad democrática de una sociedad es si esa gente habla de política. En su familia, con sus amigos, en la calle, en el bar... De política en toda la profundidad que tiene la palabra.
Si yo me puedo meter con un alcalde en un bar y el dueño que medio me conoce me dice que no tengo ni idea y que es mejor que el otro que había. Si este lo está haciendo mal o bien. Y que ahí, en un debate normal, quede la cosa. Cuando esto sucede con normalidad esa sociedad tiene mucho a su favor; me explico: puede que tengan más razón o menos en lo que dicen, pero al menos tienen algo básico, que es el respeto a quien no piensa como yo.
Lamentablemente hay sitios donde conversaciones así son imposibles, encima bajo riesgo serio no ya de discusiones graves, sino incluso de amenazas. Yo creo que cualquiera que haya estado en Euskadi y en Cataluña sabe de lo que hablo. Hay bastantes lugares de estas dos sociedades donde decir en verdad lo que piensas es un riesgo. He estado en ambas partes y se de lo que hablo, como cualquiera que sea de allí confirmará.
Por eso, a parte de los políticos, el cambio debe llegar también desde la propia sociedad. Mediante la educación, el respeto y la tolerancia a todas las ideas... A todas las ideas democraticas. Defender el terrorismo no es democrático. Defender las amenazas a los castellano-hablantes tampoco.
Euskadi ha ganado mucho con Patxi Lopez. Y aunque se avergüence de apoyarse en el PP, espero que se de cuenta de lo importante que hay en juego en esta comunidad que supera a las siglas políticas: la deslegitimación del terrorismo, acabar con las amenazas, que una cultura increible tenga por fin valentía para decir en la calle lo que piensan y puedan discutir tranquilasmente sobre ello.
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